lunes, 7 de mayo de 2018

EL “ÚLTIMO” DICTADOR


29 de abril de 2018, “ha muerto el último dictador de Bolivia” se escucha en las calles, aunque con voces poco audibles, en lo que, tal vez, debería haber sido una gran proclama que nos recuerde tiempos pasados, en los que se caminaba “con el testamento bajo el brazo”. Eran los años de 1980 y 1981, en los que Lidia Gueyler Tejada, única Presidenta de Bolivia, fue derrocada por un golpe militar evitando la transición democrática que daría paso a Hernán Siles Suazo. Así se constituiría uno de los gobiernos más duros de nuestra historia, con cifras alarmantes de desapariciones y ejecuciones, entre estas Marcelo Quiroga Santa Cruz y mucha gente de izquierda. No obstante, ya dentro del siglo XXI, esto ha quedado en los libros de historia a los cuales acudimos para refrescar nuestra memoria, en la mayoría de los casos, aunque en otros están quienes todavía recuerdan como una realidad lo que ocurrió en ese tiempo.

Con el paso del tiempo, las víctimas de esta dictadura (y de las otras) se han reducido a solo números y cifras que hasta ahora competen únicamente a familiares, y de quienes nos acordamos en fechas conmemorativas como el día de la democracia o similares. Entonces, vamos escuchando amplios debates y discusiones en torno a lo que se entiende, en nuestra coyuntura, sobre la democracia y sobre quiénes pregonan dicha forma de gobierno. Así, hemos articulado nuevas categorías como la democradura o la dictablanda, para ver matices de los gobiernos que han permeado el modelo ideal de la democracia proveniente de diferentes enfoques y planteamientos, que al final encierran una gran palabra que explica la vida misma, liberté. Entonces, a la distancia parece que hemos normalizado la democracia como algo tan vigente y seguro en nuestro cotidiano, lo que nos lleva a otros intereses encaramados en temas centrados en el ejercicio del poder o cómo cooptar el mismo, mientras tanto el soberano se limita a emitir su voto y entregar tuiciones a representantes que crean un abismo entre la población y el sector político, junto a todas las decisiones que se toman.

La muerte de Luis García Meza, nos recuerda que hubo tiempos, no muy lejanos, en los que la gente vivía bajo la amenaza permanente de la anulación de sus derechos de manera abierta y frontal, sin ningún tapujo. Pero ya en otros tiempos, hemos visto otras formas, en democracia, de cooptar derechos con más o menos fuerza, pero con mecanismos innovadores que camuflan la vulneración limitando o eliminando el ejercicio de los mismos. Algunas veces realizados por el Estado y otras, muchas, realizadas por los propios ciudadanos en la convivencia cotidiana. Lamentablemente, la violencia ha seguido el mismo sentido de naturalización y normalización, lo cual pasa desapercibido en el día a día afectando a gran parte de nuestra población, 8 de cada 10 mujeres además de niñas y niños principalmente. Entonces, además de la violencia de Estado somos corresponsables de la violencia cotidiana, en ámbitos públicos y privados, donde los otros hombres (no necesariamente los que ejercen el poder formal) estamos anulando los derechos del 51 % de nuestra población y que tenemos nuestra parte de dictadores dentro de nuestro círculo de poder, para controlar y someter a otras seres humanas. Es cierto; ha muerto el último dictador de Estado boliviano, pero todavía quedan muchos dictadores menores a quienes hay que identificar para abolir este tipo de sociedad donde la violencia es una cotidianeidad, sin que nos llame la atención ni nos interese. Vivimos dictaduras en nuestras casas, y que la muerte de este último dictador sea un reflejo de quiénes somos y lo que podemos llegar a ser de mantenernos en esta constante, que también se conoce como ciclo de la violencia en diferentes ámbitos desde uno muy privado hasta la violencia estructural.

lunes, 19 de marzo de 2018

MASCULINIDADES Y PATERNIDAD


Ya es parte de la “costumbre” que, por ejemplo, al asistir a una fiesta de cumpleaño de niñas y niños vamos reproduciendo nuestras lógicas de género con ese gran sesgo machista, donde comenzamos a incrementar el círculo de asignación de espacios o roles a mujeres y hombres. De esta manera asociamos desde “simples” colores, como el celeste o rosado, dependiendo el sexo de la persona a la cual vamos a hacer el presente; donde el tipo de juguetes, si es el caso, como ser autos, pelotas, armas, soldaditos y otros frente a las muñecas, cocinas, ollitas entre varios otros siguen reforzando los patrones socioculturales enmarcados en los roles de género cuasi naturalizados. Así, vamos replicando estas subjetividades e imaginarios aprendidos desde muy temprano, siendo afectados también por lógicas machistas de las y los adultos cuando éramos aún muy pequeños, denotando esta reproducción constante de lo que concierne a la problemática del género y las desigualdades entre mujeres y hombres.

Con este simple ejemplo, dentro de la institución familiar, comienza un ciclo de complicidad donde se encuentran la escuela, la iglesia, el Estado y todo el sistema institucional encasillado dentro del patriarcado que favorece a los hombres en, casi, todos los sentidos. Producto de estas situaciones emergen las masculinidades que explican uno de los factores más importantes para que existan, actualmente, un tipo de hombres marcados por la violencia y, por tanto, que ejercen esa violencia contra las mujeres, niñas, niños y adolescentes, principalmente; constituyendo al hombre adulto como centro de la sociedad y todas sus implicancias. Por tanto, se presentan una serie de factores con los cuales se va estructurando el ser hombres y los roles que se les asigna junto a espacios y subjetividades. Dentro de esta situación, desde muy temprana edad quedamos absueltos del espacio doméstico y las labores del hogar, reducidos a la condición de proveedores y generadores de los ingresos familiares que nos liberan de otro tipo de responsabilidades (domésticas) a la espera de ser servidos por las mujeres. Asimismo, encontramos al ejercicio de la violencia contra las mujeres que es asumido como otra característica del ser hombre, asumido, incluso, como una virtud y generador de estatus en el mundo machista.

Junto a las maneras en que vamos construyendo las masculinidades, se presenta el ejercicio de la paternidad que, nuevamente, se reduce a la capacidad de proveer los ingresos económicos familiares que garanticen las condiciones de sus miembros. Sin embargo, este tipo de aspectos generan a su vez dependencias económicas que devienen en violencia económica y patrimonial sumada a las otras, incrementando la complejidad de la problemática de violencia dentro de la familia. En este sentido, como una respuesta se viene  planteando las nuevas masculinidades y la paternidad activa que permita dar un giro a las condiciones en las cuales vamos interactuando los hombres en los diferentes roles que debemos cumplir. Entonces, nuevamente debemos pasar a niveles de reflexión que nos permitan comprender y deconstruir las formas tradicionales del ser hombre y la manera en que ejercemos la paternidad recuperando los sentimientos que nos enseñaron a reprimir u ocultar, siendo incapaces de demostrar lo que sentimos para evitar ser “débiles” (como las mujeres) ante la sociedad. En fin queda mucho por trabajar y seguir deconstruyendo o replanteando para que todas estas problemáticas sociales vinculadas al género y las desigualdades sean erradicadas mediante un trabajo permanente de autoobservación e introspección. Asimismo, se busca un cambio progresivo en la sociedad cada vez más igualitaria y libre de violencia en un mediano y largo plazo, donde las nuevas generaciones sean factores fundantes de estos cambios, paralelamente a nuestras acciones en el día a día de lucha contra la violencia hacia las mujeres.

lunes, 12 de marzo de 2018

EL FÉRETRO ANDANTE

Cuando éramos niñas y niños, junto a familia de esa edad, solían generarse momentos muy singulares donde nuestra abuela se sentaba junto a nosotros en tardes donde, generalmente, no se podía ver el cielo por encontrarnos en época de otoño y con la conjunción del fuerte viento y el polvo se formaba una cobertura amarillenta que opacaba el cielo hasta donde podíamos verlo. Así, el sol desaparecía por algunas semanas entre fines de julio y principios de agosto, donde siempre era recurrente ver las anécdotas de estudiantes, entre la niñez y adolescencia, que combatían, en gestas cuasi heroicas y épicas, con la fuerza del viento, en pleno desfile del 6 de agosto, que pretendía arrebatar los estandartes de las manos de las y los elegidos para portar dicho emblema en el día de la patria. Gajes del oficio, diríamos, o uno más de los sacrificios de ser destacado en los diferentes ciclos escolares (en ese tiempo básico, intermedio y medio).

La foto solo es para ilustrar el relato y no se trata del verdadero féretro.

Era este adverso entorno en el que se solían configurar algunos días, o más bien algunas horas, en los cuales nuestra abuela, entre que preparaba alguna merienda otoñal de la tarde, como ser unas sopaipillas, casi de la nada comenzaba a relatar sus vivencias, que partían de una infancia lejana y que ahora se habían convertido en relatos basados en el letargo de remembranzas. Así, recuerdo que más de una vez nos había contado sobre una ocasión en la  que caminado por los campos de territorio chicheño fue alcanzada por la ocaso del día, ante estas circunstancias no tuvo otra salida que pasar la noche a la intemperie, noche que no fue la primera ni la última con estas características. Así en medio del sueño, y posiblemente en una noche de luna llena, escuchó unos golpes en cercanías del lugar. Con este llamamiento a la curiosidad es que se fue acercando en dirección al sonido, y fue ahí que pudo percibir, a la distancia, un ataúd que, dando volteos, se movía. Así, luego de un gran susto, este extraño objeto se fue alejando hasta desaparecer en el horizonte.

Algún tiempo después, ya involucrado en el interés y motivaciones investigativas sobre la cultura de los Chichas, pude acceder a un libro que reflejaba cuentos, mitos y leyendas de esta región sureña. De esta manera, entre las lecturas realizadas logré encontrar un cuento que titulaba “El féretro de Gran Chocaya”. En las líneas de este relato, pude repasar, de forma muy similar, las palabras de mi abuela cuando nos contaba la experiencia que tuvo de niña al haber visto en el campo un ataúd andante, sin lograr explicación. En este sentido, el relato que se encontraba dentro del libro contaba, más o menos, lo siguiente: En el pueblo de Gran Chocaya existía un lugar para realizar el velatorio de difuntos, antes de su entierro, en medio de este salón estaba un féretro de gran volumen dentro del cual se acomodaba el cuerpo para llevarlo después hasta el cementerio. Fue entonces que un día este féretro desapareció de su ubicación y tuvo que pasar algunos días para que comunarios avisen que, extrañamente, este objeto habría cobrado animación y se movía por el campo, posiblemente visitando los lugares donde todos los finados habían transitado en vida. De esta manera, las autoridades ordenaron que se “capture” a dicho féretro y sea traido hasta su lugar. Y así se hizo, incluso poniéndoles diferentes seguros para que no vuelva a “escapar”. Tiempo después, se desató un incendio en este lugar donde desapareció todo lo que allí se encontraba, incluido el féretro de Gran Chochaya.

Concluida esta lectura, me pregunté si esto era un simple cuento de cuculis o un excepcional hecho real ocurrido hace varias décadas atrás, cuando las personas solían dar vida a lo inanimado y a seres fantásticos o tenebrosos, en medio del territorio chicheño que lleva consigo un gran número de este tipo de relatos que eran transmitidos como historias orales de nuestras abuelas y abuelos, constituyéndose en parte fundamental de nuestra identidad.

viernes, 9 de marzo de 2018

DEVOCIONARIO FOLKLORISTA Y OTRAS INQUISICIONES


Antes que nada, debo reconocer, más que antes con cierto beneplácito, que nunca he ido al fastuoso Carnaval de Oruro. Principalmente, por muchos de los elementos que han estado presentes en esta entrada folklórica y que ahora cobran, aun mayor, vigencia luego de los hechos ocurridos a raíz de la publicación de una expresión y manifestación artística, artística en el mejor de los sentidos apelando al argumento liberador y libertario de su contenido que interpeló, una vez más, a un sistema oscurantista, retrógrada y anquilosado, fundado en el machismo y el patriarcado de gran parte de nuestra sociedad.

En los últimos días la coyuntura dictaminó que la atención sea direccionada hacia el lado oscuro de nuestra realidad, acostumbrada, hace mucho, a normalizar los hechos de violencia con especial énfasis la violencia contra las mujeres. En este sentido, esta vez le tocó la hora a la cultura, o a más bien a quienes pretenden adjudicarse la propiedad sobre dicha cualidad humana y patrimonio colectivo. De esta manera, se presentó una asociación extraña y perversa entre cultura, religión y Estado contra la libertad de expresión desde el arte y el cuestionamiento a una sociedad socavada y enlodada en matrices machistas y patriarcales que se atreven a embanderar a la moral y las buenas costumbres.

Para fines de análisis vamos a circunscribir a la cultura en un aspecto dentro del folklore, pero folklore a la boliviana. Bajo este lineamiento del folklore se ha ido generando una especie de “subcultura” que evoca y se embandera de “nuestras” costumbre y tradiciones saliendo a la palestra cada vez que se presentan amenazas al folklore boliviano, incluso regionalmente dentro de nuestro propio territorio, de manera exacerbada y reaccionaria ante esta injuria y atentado contra “lo nuestro”. Definiendo de esta manera el sentimiento patriotero, y algo chauvinista, de un servicio a la patria que recae sobre estos sectores como dictamen natural. Entre medio de todas estas expresiones de civismo y patrioterismo, asaltadas desde la cultura, se presentan otros bemoles del folklore en el país, donde una vez más los discursos efusivos de la doble moral, como en mucho otros espacios, salen a la palestra evocando este tipo de defensas acérrimas que justifican un sinfín de afectaciones a la sociedad, a quien dicen representar. Como una muestra podemos hablar de la violencia simbólica que se maneja bajo el manto de cultura y folklore, expresando abiertamente el beneplácito de ser parte de esas escenas sui géneri en una cadena ininterrumpida de festividades asociadas, a nombre de sincretismo, con el calendario religioso y atisbos del ciclo agrícola en una mezcolanza sobrecargada donde los sinsentidos son punta de lanza. Bajo esta búsqueda de ampliar los argumentos, algunos rebuscan explicaciones para dar rienda suelta a todos los instintos, incluidos los más bajos, para continuar en esta hecatombe de excesos con sus incontenibles consecuencias, individuales y, sobre todo colectivas.

De manera impensable ingresa la religión que tiene papeles cruciales en las principales entradas folkloricas del país adjudicando a personajes religiosos la responsabilidad de estos simples mortales, que se entregan, contradictoriamente, a otros dioses como Baco o Baal bajo el sentido hedonista libre de culpas, mientras que las otras imágenes religiosas deben avalar este tipo de actitudes y eventos, e incluso cargar con las nefastas consecuencias luego de los bacanales desbordados. Dentro de la institucionalidad religiosa, se presentan, también, diversas posturas sobre este tipo de “manifestaciones culturales” vislumbrándose voces displicentes y otras con algo más de sentido crítico frente a esta incongruencia de sentidos en la que vamos inmersos cotidianamente. De esta manera, nuestras sociedades han encontrado una justificación válida y consensuada para seguir ampliando las fechas festivas del país, donde las diferencias entre regiones son solo de forma y no de fondo. Pese a todo ello, a cada cosa por su nombre, entre lo más oscuro de la argumentación se presenta esta asociación, obviamente forzada, que se hace entre cultura y religión.

En este panorama, para el caso específico que nos tocó en esta ocasión, el Estado, o más bien algunos representantes del mismo, salen a la luz con expresiones desatinadas que incluso vulneran a la normativa nacional en un desconocimiento de la realidad del Estado laico que impera en territorio nacional desde la aprobación de la Constitución Política del Estado Plurinacional el año 2009.Así, la miopía supera normativas y criterios con algún sentido, sumando voces oficiales a la sinrazón de amenazas de posibles demandas, con la vocería, increíble, de (i)responsables de cultura en instituciones estatales subnacionales a las que se aumenta la kumunta de folkloristas, junto a todo el gorilismo de grupos, lamentablemente, organizados e individuos que confunden la libertad de expresión con la potestad de ejercer todos los tipos de violencia sin la capacidad de debatir ideas en vez de confrontar personas, de las maneras más nefastas fortaleciendo a la sociedad del miedo, donde ahora nuestra propia comunidad amenaza la seguridad y tranquilidad.

En este marco, es seguro que la generalidad del pueblo orureño no se encuentra dentro de todas las consideraciones antes mencionadas; pero resulta lamentable que casos aislados envenenen, o por lo menos pretendan hacerlo, desde los espacios a su disposición como las redes sociales donde ya se ha juzgado y condenado a quien hozó atentar contra las buenas costumbres y la moral, en una sociedad de la doble moral, que ha generado este tipo de complejos vericuetos para construir lógicas de censura que acusan la irreverencia del arte y aplauden la cosificación y la misoginia de manera permanente en todos los espacios. Lo ocurrido en Oruro, ahora reconvertida en la Villa de San Felipe de Austria, trajo consigo varias consecuencias y efectos que nos quedan como, vergonzosos, aprendizajes entre los que podemos mencionar. Primero, las contradicciones desatadas han servido como pretexto para sacar de la penumbra a toda esa realidad que se encubre a nombre de cultura, folklore, costumbres y tradiciones. Todas estas que han naturalizado la recurrencia del calendario festivo ingresando en la sinrazón seudoculturalista que ha perdido el sentido, los orígenes y las raíces de tanto acerbo existente en nuestro país y la región. Entonces ha llegado la hora de debatir, en el mejor de los sentidos y de manera frontal, todas estas manifestaciones y criterios que han exacerbado el diálogo entre connacionales. Es tiempo de conversar, analizar y reflexionar en torno a lo que entendemos por cultura, por folklore y todas sus ramas anexas, en un país que presenta en un sitial fundamental esta riqueza inmaterial, construida con el tiempo en medio de debates identitarios y de representatividad de cada espacio, cada nación, o territorio.

Segundo, una consecuencia necesaria y urgente ha sido el refugio de la Virgen de la Candelaria en la Virgen de los Deseos, para realizar un mural con la idea planteada por nuestra compañera y hermana “Imilla Cunumi Birlocha” reivindicando a la mujer en este adverso medio, de machotes sueltos avalados por todo un sistema y una estructura, con complicidad de otros hombres y mujeres que no logran zafar de las prácticas machistas entroncadas en nuestra realidad. Seguramente, la patrona de Oruro se vio obligada a escapar de este escenario que pretende sobrecargarla con responsabilidades que no le competen, adjudicándole consecuencias de este tipo de excesos que, como buena “madre tradicional y abnegada” debe aguantar sin ningún derecho a disentir o reclamar, ya que puede ser sujeta de la sanción y persecución, en medio de las inquisiciones del siglo XXI que viven las mujeres día a día.

En todo caso NO PASARÁN!!!